La Filosofía
Intento escuchar a la tierra, dejando que sea ella quien me guíe, con sus ritmos lentos y sinceros.
Intento escuchar a la tierra, dejando que sea ella quien me guíe, con sus ritmos lentos y sinceros.
Soy un viticultor movido por una profunda pasión por la tierra y por la naturaleza. Cultivo mi campo como un pequeño universo en equilibrio: entre bosques que respiran, hileras antiguas de viñas y un huerto que narra las estaciones.
Cada día intento escuchar a la tierra más que dominarla, dejando que sea ella quien me guíe, con sus ritmos lentos y sinceros.
Los vinos que he decidido crear a partir de este equilibrio proceden de viejos viñedos policlonales, donde junto a la Glera conviven todavía, en pequeñas cantidades, la Perera, la Bianchetta y el Verdiso.
Son vides que cuentan una historia, la de un tiempo en el que cada planta tenía su propia voz y su propio matiz.
La uva se cosecha y se elabora con el máximo respeto, sin forzamientos, para conservar intacta el alma del terroir.
El vino pretende ser la expresión más auténtica del viñedo individual, creando una fotografía del lugar y capaz de evolucionar con el tiempo manteniendo la elegancia y la profundidad.
La sabiduría rural de las viejas viñas dialoga con la sensibilidad contemporánea: el máximo respeto por la materia prima y el cuidado del detalle permiten una evolución natural y lenta, para dar vida a un vino que habla del pasado pero mira al futuro.
Es mi forma de contar la tierra: con respeto, con emoción, con verdad.